viernes, 19 de septiembre de 2008

Estrategia partidista

(Publicado en El Heraldo de Aragón 24/08/2008)
El sorprendente devenir actual de los partidos políticos mayoritarios puede que obedezca a una estrategia prefijada ... o puede que no. Erase que se era un partido socialista que decidió suplantar a los nacionalistas. Así, su discurso en cada región se volvió tan autonómico, tan identitario, que a quienes se sentían de izquierdas y a quienes deseaban evitar el regreso de la derecha se sumaron los votos de los nacionalistas pragmáticos, que optaban por el voto útil contra Rajoy. Como no podía ser de otra forma, ganaron las elecciones.

Erase que se era un partido popular que se empeñó en centrar la campaña en hablar de economía y de crisis. Fichó a Pizarro, sin duda un gran gestor, olvidando que los gestores no son políticos y que los españoles nunca votan por expectativas económicas. Se enfrentaron probablemente con el más endeble de los gobiernos que España ha tenido y sin embargo, perdieron. La reacción de los populares, en su línea de no acertar, consiste en desplazarse hacia un centro que tienen que disputar contra natura a quienes siempre les ganan. En esa ímproba labor que se auto imponen siempre les lleva ventaja un partido socialista que gana de goleada la batalla de la imagen a los populares, a los que parece darles vergüenza asumir la etiqueta de derecha moderna que buena parte de su electorado y de sus dirigentes desean lucir. Insisten en el bipartidismo y quieren ser más de la mitad del espectro político: desde la derecha hasta el centro, dejando fuera sólo a la izquierda. No pueden.

Más compleja es la situación creada en y por el partido socialista. El evidente éxito obtenido es de difícil gestión, ya que la deriva nacionalista es una huida hacia adelante que, de seguir, acabará por afectar al partido mismo. Si se consuma el reparto de poder en función del mapa autonómico-nacionalista, tanto en el Estado como en los partidos políticos incluido especialmente el dominante socialista, se perderá el control por parte de la estructura central. Será la consagración plena de los reinos de taifas, de las baronías regionales y de los PSC, PSGA, PSE, PSA, etc. como partidos independientes sin vinculación efectiva alguna entre ellos. ¿Es esto lo que busca el PSOE? Cabe también otra alternativa. Ahora que ha fagocitado gran parte del voto nacionalista, puede pactar una reforma de la ley electoral e incluso de la Constitución con el PP, que reduzca en el futuro la representación nacionalista en el Congreso. Así podría abandonar ese voto prestado sin perder escaños, retomar una política unitaria en todo el Estado y por ende neutralizar el poder de sus barones autonómicos. Esto puede incluso tornarse necesario para la supervivencia de un aparato central radicado en Madrid, autonomía en la que el giro nacionalista le ha costado perder el apoyo electoral. ¿Qué sentido tendría el PSOE en Madrid privado de todo control de sus sucursales autonómicas y condenado además allí a perder las elecciones? Semejante solución, por maquiavélica que parezca, no sería mayor giro que el que en su día dio sobre la OTAN, dando marcha atrás donde antes la dio hacia adelante. Además sería fácil de vender ante gran parte del electorado y seguramente dejaría por otra larga temporada fuera de juego al PP, que sin duda se prestaría dócilmente a la maniobra.

¿Qué nos deparará la legislatura? Nadie lo sabe. Pero lo que ya se ve es que el partido mayoritario de la oposición no controla al gobierno ni se muestra alternativa al partido que lo ejerce, sino que intenta mimetizar con él, celoso de su éxito. Y no lo olvidemos, al gobierno no lo votaron, ni muchísimo menos, todos los españoles. En fin, todo indica que necesitamos una cosa en la política española que apenas tenemos: oposición.

miércoles, 9 de julio de 2008

Manipulación social y libertad individual

La Historia ha mostrado diversas formas de conseguir que una sociedad entera adopte una actitud sumisa con el poder, que permite a éste perpetuarse sin apenas oposición interna. La más zafia y antigua es mediante la ostentación de la fuerza y el castigo, pero hay formas más sutiles.

Algunas creencias espirituales sostienen que el futuro de las personas es independiente de sus actos, estando así predestinadas. Otras prometen beneficios para quienes aceptan aquello que al individuo le trae el destino, generalmente penurias, como forma de perfeccionarse y alcanzar en una vida futura un estadio superior. En ambos casos, la pasividad ante la desigualdad y la injusticia juega a favor del poder establecido. Pero en la sociedad donde ahora nos encontramos, esos argumentos tienen un limitado eco. Nuestra modernidad hedonista nos hace sentir culpables de haber perdido los principios y las raíces. Ante estos vacíos, cobra especial fuerza el sentimiento de afiliación, aquello que hace sentirse seguro y aceptado a un adolescente cuando se integra en una tribu urbana. Viste como ellos, habla como ellos, ve con ellos y termina pensando como ellos. Parecido fenómeno se da en las sectas religiosas. ¿Se pueden utilizar estos mecanismos a gran escala para manejar grupos de población? En dosis limitadas, también lo utiliza la publicidad moderna. Nos presenta un modelo de vida donde se asocia el éxito con la posesión de determinado producto. Poco a poco, nuestros hábitos de consumo serán dirigidos una y otra vez.

En el siglo XX, el nazismo utilizó la creación de arquetipos humanos, según esquemas establecidos artificialmente desde el poder. Naciones enteras apoyaron disparates políticos, que una persona individual no manipulada vería casi sin duda como una insensatez. No consiguieron seducir a la totalidad de la población, pero sí a una parte muy activa. La mayoría de personas aceptaron el poder establecido hasta que no se sintieron demasiado atropelladas en su círculo íntimo. Las fuerzas vivas de la sociedad, por acción o por omisión, fueron cómplices con escasas excepciones.

Franco también nos dijo cómo debíamos ser, pero el régimen era del todo ineficaz en los métodos propagandísticos, ya que se admiraba todo lo que venía de fuera. Ahora nuevamente hay gurús que nos dicen cómo debemos ser. Deciden cuál es “nuestra” lengua y la de nuestros hijos y rebuscan cualquier asunto sentimental o material para magnificar la diferencia y levantar barreras que permitan crear tribu. En realidad ¿hay distancias tan grandes de unas regiones a otras? En una democracia moderna es superfluo y muy sospechoso que los poderes públicos intenten adoctrinarnos, más allá del abecedario básico de la convivencia, los principios del Estado de Derecho. El camino que está llevando el Estado de las Autonomías, iniciado con buena intención para acercar la administración pública al ciudadano, ya va por otros derroteros. Donde gobiernan los partidos más oportunistas se está fomentando la creación de arquetipos humanos propios, hablantes de lenguas impuestas, con exclusión explícita de la lengua común. Se manipula la formación escolar y se fomenta todo lo que permita cerrar la sociedad en sí misma. Se transmite una y otra vez la idea de que el buen ciudadano responde a un patrón específico de lengua (siempre) y muy a menudo de posicionamiento en todas las cuestiones que implican a la región (como nacionalidad por supuesto). Esto justifica la existencia de tantas televisiones autonómicas. ¿Cómo si no puede transmitirse un mensaje diferenciado para un colectivo que “debe” ser diferente? Tal vez no se trata tanto de provocar la diferencia, que también, aunque es cosa difícil dadas las pocas existentes entre los españoles, sino más bien de provocar la uniformidad entre la población local. Así se facilita mucho su gobernabilidad por un poder indiscutido, revestido de la legitimidad de ser el “propio”. ¿Qué mejor forma de justificar la propia existencia y mantenerse en el poder que crear una conciencia nacionalista “propia” y tutelarla durante años? En esta costosa y estúpida aventura estamos. Costosa por la coexistencia de demasiadas estructuras políticas pagadas por todos. Costosa porque complica e introduce barreras al libre comercio entre las regiones españolas. Costosa porque facilita la corrupción. Estúpida porque nos puede hacer perder lo que nos une: la libertad de expresarnos en nuestra lengua común, la igualdad de trato en toda España y la solidaridad entre todos nosotros.

A la facilidad de manipulación de amplios colectivos, se contrapone la dificultad de engañar la lógica y la razón de la persona, cuando ésta se enfrenta serenamente a las decisiones. Ello permite formular una apuesta a modo de solución: la recuperación de la individualidad crítica en lo político, sin fidelidades rancias y retomando el concepto de España como Estado de Derecho de una forma progresista y carente de prejuicios rancios también. Dicho de otra forma, que cada uno de nosotros reflexionemos un poco y tomemos el timón de nuestro futuro.