miércoles, 1 de julio de 2009

El horizonte temporal de UPyD

Han sido varias las veces que he escuchado de Rosa que nuestro partido tiene “fecha de caducidad”. No ha sido una confidencia, sino expresado ante decenas de personas. La primera vez que lo oí no le di mayor importancia, pero al repetirse, la última vez el 28 de marzo, me dio qué pensar. ¿Por qué? ¿Qué se puede deducir de esa afirmación?
Como primera opción, cabría pensar que nuestro partido existe para regenerar la democracia y que, una vez que se haya conseguido esto, debería desaparecer y dejar libre el camino a los partidos preexistentes. En principio no es una mala idea, pero no resiste un análisis en profundidad. La regeneración de la democracia no es un proceso de manos limpias, pasado el cual podemos irnos todos a nuestra casa. Los ciudadanos siempre debemos ser vigilantes y aún más, activos defensores de la limpieza, sensatez y legitimidad en la acción política. Si UPyD acomete esa función, la prudencia y la lógica aconsejarán su permanencia y no su desaparición.
Si la caducidad de UPyD se deriva de que es un partido instrumental, creado para cumplir una determinada función transitoria o para obtener un determinado fin, creo que es exigible conocer de qué finalidad se trata. Así deberíamos haberlo sabido todos desde el principio, para tomar la decisión de embarcarnos o no en una nave con destino concreto. Especialmente si ese destino fuese la disolución dentro del mapa político preexistente.
Sin embargo, por encima de cualesquiera otra consideraciones, al ser UPyD un partido político y estar formado por miles de personas, las decisiones acerca de sus fines y de su posible caducidad corresponden a la Asamblea General de Afiliados. No es de recibo, ni es legítimo, que un grupo fundador marque una finalidad y una fecha de caducidad a un partido político, sin dar cuenta de ello y sin obtener el refrendo explícito de la Asamblea, que debería colocarlo incluso en los propios estatutos. Pero es que incluso el grupo fundador, al cual pertenezco, no tomó ninguna decisión al respecto. ¿Por qué dice eso Rosa? ¿Se trata de su opinión personal o toda la Dirección la comparte? ¿Tiene algo que ver con el monolitismo que se nos impone desde arriba? Tal vez deba ser una de las cuestiones a refrendar o reconsiderar en el próximo Congreso.
Por mi parte, creo que la misión de UPyD trasciende la de ser un partido con un fin temporal y por tanto con fecha de caducidad. El bipartidismo que tenemos en España hace que ambos partidos mayoritarios se vean entre sí como el enemigo a batir, ya que el triunfo de uno es siempre en detrimento del otro. Así, se crea un sectarismo que impide que ambos partidos puedan llegar a acuerdos cuando son necesarios por el bien común. La existencia a largo plazo de un tercer partido nacional rompería esta insana situación. Serían posibles coaliciones de dos entre tres, de tal forma que la cultura política del diálogo se impondría a la del sectarismo actual. UPyD podría ponerse como objetivo ser ese tercer partido. De hecho, si nos creemos nuestras continuas reivindicaciones de la transversalidad, esa es la vía natural, lógica y deseable. Y para ello es imprescindible la pluralidad y la democracia interna.

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